junkie.
Ya no sé quién soy ni qué quiero. He llegado al absurdo recurso de pedir consejos (sabiendo exactamente qué dirán, exactamente qué hacer, exactamente que no lo haré).
He llegado al punto de entrar voluntariamente a la boca del lobo. De romper lo que yo tenía escrito en piedra. De, una vez más, dejar a un lado mis verdaderas responsabilidades para volver (nuevamente de manera absurda) a la seguridad virtual que me otorga escribir esta más que miserable y vacía bitácora.
He llegado a comportarme -y sentirme- como poco menos que una ramera. Alguien que, a cambio de unos minutos (si me va bien, unas horas) es capaz de mentir, esconderse, escapar, sólo para sentirme remotamente querida e importante.
No es como una ramera. Hasta ellas sienten algo de respeto por sí mismas. Me estoy comportando como una adicta. Una adicta al drama, a la discordia, a la miseria… a toda esa serie de sensaciones que le llegan a uno minutos después del climax propio de una relación fuera de todo compromiso. Llevando todas las de perder la razón.
Afortunadamente, nadie me ve la cara.